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09/06/2005PRESIDENCIA WILLIAM MCKINLEYReseña histórica de la presidencia de William McKinley - 25º presidente de los Estados Unidos.En 1896 la Convención Republicana, en tiempos de depresión, el poderoso hombre de negocios de Cleveland Marcus Alonzo Hanna aseguró la nominación de su amigo William McKinley como "el avanzado agente de la prosperidad". Los Demócratas, invocando la "libre e ilimitada acuñación en plata y oro" -lo cual había producido un ligero efecto inflacionario- nominó a William Jennings Bryan. Mientras Hanna reunía grandes aportes económicos de los Republicanos del Este, asustados por los puntos de vista de Bryan acerca de la plata, McKinley arengaba a diferentes delegaciones en su comité de campaña en Canton, Ohio. Él ganó por una amplia mayoría de votos en 1872. Nacido en Niles, Ohio, en 1843, McKinley asistió brevemente a la Universidad de Allegheny, y dictó clases en una escuela rural cuando la Guerra Civil se desató. Alistado como recluta en el Ejército de la Unión, fue convocado al final de la guerra como mayor honorario del cuerpo de voluntarios. Estudió leyes, y abrió un despacho en Canton, Ohio, casándose con Ida Saxton, hija de un banquero local. A los 34 años, McKinley ganó una banca en el Congreso. Su atractiva personalidad, carácter ejemplar y aguda inteligencia le posibilitaron un vertiginoso ascenso. Fue nominado en el poderoso Comité de Formas y Maneras. Robert M. La Follette, quien fuera su asistente, recordó que McKinley "representaba la nueva visión", y "sobre los nuevos y grandes interrogantes... se ubicó generalmente del lado del público y en contra de los intereses privados". Durante sus catorce años en el Congreso, él se convirtió en un líder Republicano experto en cuestiones impositivas, dándole su nombre a las medidas legalizadas en 1890. Al año siguiente fue electo Gobernador de Ohio, donde cumplió dos períodos. Cuando McKinley se convirtió en presidente, la depresión de 1893 había comenzado a desarrollar su curso, y con ello una extrema agitación en relación a la plata. Aplazando medidas que atendieran la cuestión monetaria, convocó al Congreso a dos sesiones especiales para que aprobara las más altas tarifas en la historia. En la cordial atmósfera propia de la Administración McKinley, se fueron desarrollando conglomerados industriales a un ritmo sin precedentes. Los periódicos caracterizaban a McKinley como un chiquillo dominado por su "niñera" Hanna, el representante de los consorcios. Sin embargo, McKinley no estaba dominado por Hanna, él condenó a los consorcios como "conspiradores peligrosos en contra del interés público". En lugar de la prosperidad, la política exterior preponderó en la Administración McKinley. Mientras informaban sobre el impasse entre las fuerzas de España y los revolucionarios de Cuba, los periódicos denunciaban que un cuarto de la población se estaba muriendo y el resto sufría intensamente. La indignación pública fue presionando al Presidente para conducirlo al camino de la guerra. Incapaz para detener la presión del Congreso y a la opinión pública americana, McKinley profirió un mensaje en el que se inclinaba por una intervención neutral en Abril de 1898. El Congreso inmediatamente votó tres resoluciones semejantes a una declaración de guerra y a favor de la liberación e independencia de Cuba. En la Guerra de los Cien Días, los Estados Unidos destrozaron la escuadra española en las afueras del puerto de Santiago en Cuba, apoderándose de Manila en las Filipinas, y ocupando Puerto Rico. "El tío Joe" Cannon, más tarde portavoz del Congreso, dijo una vez que McKinley mantuvo su oído tan apoyado a la tierra que se había llenado de saltamontes. Cuando McKinley se hallaba indefinido respecto a qué hacer con las otras posesiones españolas, recorrió el país y detectó un sentimiento imperialista. Por consiguiente los Estados Unidos anexaron los territorios insulares de Filipinas, Guam, y Puerto Rico. En 1900, McKinley comenzó nuevamente su campaña contra Bryan. Mientras éste atacaba al imperialismo, McKinley serenamente se erigía como "el que paraba la olla".
Su segundo período, el cual había comenzado auspiciosamente, tuvo un trágico desenlace en septiembre de 1901. Mientras estaba recorriendo la Exposición Panamericana en Buffalo fue alcanzado por dos disparos de un exaltado anarquista. Murió ocho días más tarde.
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